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En los últimos días, todo el mundo habla del caso de Anna Allen, la actriz de la serie Cuéntame que difunde por redes y medios una vida ficticia como si fuera real. Debido a mi deformación profesional, me resulta irrestible evaluar desde el punto de vista del marketing la situación. Hacer publicidad está bien, pero de un producto (o una vida falsa) no tiene ningún sentido.

La “película” de la actriz para promocionarse

La actriz ha intentado en los últimos tiempos lograr notoriedad con una serie de noticias falsas como cameos en series de éxito como The Big Bang Theory o su presencia en los Oscars, diversos fotomontajes con actores internacionales al más puro estilo del Pequeño Nicolás, ¡hasta se había creado una falsa empresa de representación en Estados Unidos que supuestamente le llevaba allí su carrera! Toda una serie de mentiras que han llevado a periódicos, informativos y, por supuesto, redes sociales a hablar del tema con un tono más o menos serio.

Anna Allen y la mala publicidad
Anna Allen – Foto: Wikipedia

Publicidad a cualquier precio

Dejando a un lado la motivación real que le ha llevado este punto, lo lógico es pensar que lo que buscaba era simplemente publicidad y, de hecho, podría parecer que ha conseguido su objetivo. Personalmente, no tenía ni la menor idea de quién era esta mujer hasta que no leí la noticia, sin embargo ahora su cara y su nombre aparecen en portadas de periódicos y en distintos canales de televisión.

La pregunta es, ¿si yo dirigiera una obra de teatro, le llamaría? Supongo que no. La publicidad que está haciéndose le sitúa más como un personaje grotesco que como una actriz de talento y sus falsas historias no hacen más que destacar sus vacíos laborales.

Hay un dicho que es “que hablen de mí, aunque sea mal”. Pues bien, en marketing, no funciona.

Conócete y proyecta lo mejor 

 Me suele pasar a menudo que cuando conozco a ciertas personas, empresas o productos que parecen ser perfectas algo me chirría en el cerebro. Son como los gamusinos: no existen. Sin embargo, sí existen mejores y peores, especialmente para una situación concreta. Cada uno de nosotros (o de nuestras o nuestros productos) somos los mejores porque algo nos diferencia y somos perfectos para dar la solución a un determinado problema o para una situación determinada. ¡Eureka! solo hay que identificar que es eso que nos diferencia y resaltarlo al máximo para que todo el mundo lo vea.

Resaltar por resaltar lo primero que nos venga a la cabeza o lo que en nuestros sueños nos gustaría ser y no somos, sería por el contrario, bastante contraproducente. Imagina que vas a una peluquería porque has visto en su web que son los más modernos pero cuando llegas, tu abuelo es más moderno que ellos. Saldrás enfadado pensando que son unos carcas y unos falsos y pasarás completamente por alto el atentísimo servicio que te han dado y la excelente calidad-precio. Una pena: cliente perdido.

Focaliza

Resulta imprescindible saber quién es nuestro público. Por seguir con el tema del mundo de la interpretación voy a poner un ejemplo muy claro: si una productora hace una película para adolescentes, lo que opine la crítica le dará igual siempre que cada día las salas donde se proyecte estén hasta arriba de jovencitos. Su público objetivo está encantado y la productora más. En este caso se trata de un producto, pero con la publicidad pasaría lo mismo.

Identifica a quién te diriges y centra tus esfuerzos en convencerles. Eso sí, manteniendo siempre la honestidad. Normalmente, a los vende-motos se les pilla enseguida (sin ánimo de ofender al gremio).

Hay un anuncio de las propias empresas anunciantes que dice algo así como: La publicidad debe ser clara, honesta y veraz. Habrá que hacer caso a los que saben de esto ¿no?

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